lunes, 14 de abril de 2008

Una fría tarde...

Allí estaba Virginia, sentada en su mecedora. No había salido a baldear la vereda como acostumbraba. Hacía días que no la limpiaba y las hojas ya comenzaban a amontonarse. No se la veía tampoco asomarse a la ventana y ya no solía escuchar esos tangos que sonaban armoniosamente en su tocadiscos. Esas tardes soleadas, eran ahora grises. Ella se amacaba lentamente en su silla. De repente, una fuerte tos la deja casi sin alma. Esa fría casa, oscura de húmedas y altas paredes daban la sensación que allí dentro algo incierto, raro ocurría. Virginia seguía sentada allí sin hacer nada, como esperando algo que no sabia si iba a suceder pero sentía que algo estaba por acontecer. Solo pensaba en aquellos días de juventud, donde vivía en el campo con sus padres. De su vida en la granja, de los animales, los caballos, el sol y sus praderas. En su ser solo se encontraba la imagen de ese lugar donde había vivido gran parte de su vida. Esos momentos que la hacían suspirar y le sacaba una leve sonrisa de satisfacción. Todo parecía como querer volver allí, detener el tiempo y vivir una y otra vez en ese lugar.

Seguía con la mirada las agujas de un reloj que parecía no moverse. Lo miraba con impaciencia pero a la vez pensaba porque le preocupaba sino tenía a donde ir. Sólo recordaba aquellos momentos, de ese viaje a Francia que había echo con tan solo dieciocho años, antes de casarse. De su relación con su padre, siempre tensa y, por momentos armoniosa. Recordaba ese primer novio que quizás fue su único amor. Que murió en la guerra y que trabajaba en la chacra de algodón. Todo era motivo para recordar esos momentos felices. De pronto, se levantó por un momento de su silla para buscar el atado de cigarrillos que se encontraba en la mesita de luz. Prendió uno y volvió a la mecedora.

Ella era una mujer casada con Ernesto hacía más de treinta años, toda una vida y en la que pasaron muchas alegrías como tristezas. Quizás era un matrimonio normal que había tenido altas y bajas; Momentos de auge y de crisis, pero este era un momento en el que Virginia no sabia decir en que punto se encontraba dicha relación. Tampoco le importaba mucho.

Ernesto era un obrero que trabajaba todo el día en la fábrica, era un hombre humilde que solo se preocupaba por el bienestar de su familia pero que hacia rato que no apreciaba la puesta del sol. La salida de varios compañeros hizo que el pasara de trabajar ocho horas a casi doce o quince semanales, incluyendo los domingos. Era como si la rutina o el cansancio era propio de lo que padecía. Un síntoma de algo que parecía una enfermedad. Él era consciente de que no podía encontrar otra cosa porque no sabía realizar otra actividad. Sus más de cuarenta años en la fábrica lo habían hecho experto pura y exclusivamente de la actividad fabril. Sus más fieles amigos sostenían que Ernesto ya no tenía alma. Él mismo reconocía en su círculo íntimo ya no poder experimentar otro momento que no sea la rutina. Su único día lo utilizaba para comer, dormir y estar un poco con su querida esposa. Todos los días eran iguales para él, sin sorpresas, sin sobresaltos más que unas pesadillas que tenía algunas noches después de una jornada de extenuante trabajo.

Fueron pasando los meses hasta que un día, hartado de esta vida, Ernesto decidió pedirle al capataz tener un día más de descanso con el riesgo que eso significaba. Estaba dispuesto a vivir de otra manera, más bien era su cuerpo el que había decidido por él. Además sentía que no le dedicaba el tiempo que Virginia precisaba. Ese día había reparado que la relación con su esposa no era ni mala ni buena, directamente no era. Ya no sabía con que fin trabajaba más que el de subsistir. Ese día estaba decidido a terminar con eso. Sentía deseos de invitar a su esposa a pasear, a ir a comer afuera, ver una película de amor, pasear por los lagos de Palermo. Todo lo que a Virginia le fascinaba, le apasionaba hacer. Intentaba al menos que todo volviera a hacer un poco o aunque sea por un momento como aquellos días en los que la juventud animaba a hacer las más lindas locuras junto a su esposa, locuras de jóvenes que solo piensan en divertirse y en disfrutar al máximo de las bondades de la vida.

Al fin, logro el tan deseado permiso de su capataz. Quizás sería un breve recreo pero a él le alcanzaba, por una vez en más de veinte años, para regocijar a su amada Virginia. No le importaba si ese día libre le costaba después más horas de trabajo que el capataz le haría cumplir como para recuperar la producción perdida. Ernesto solo pensaba en hacer feliz a su esposa. Dieron las seis de la tarde y Ernesto salió de su trabajo, pasó por el puesto de flores, compró unos bombones, una tarjeta en donde improvisó algunos versos y se tomo el tranvía que lo dejaría en su hogar para darle a su amada la gran buena nueva. Mientras, con una sonrisa que no podía disimular y que su rostro hasta parecía haber recobrado vida, pensaba en lo feliz que esto haría a Virginia. No le habían aumentado su sueldo, ni tampoco iba a ser ascendido, solo tenía un día libre, un permiso para vivir. Bajó del tranvía y camino las diez cuadras que lo separaban de su casa. Impacientemente se dirigía hacia allí. Esa tarde las cuadras parecían más largas pero a Ernesto no le preocupaba el tiempo porque al otro día iba a vivir esa sensación tan linda de hacer otra cosa, solo por un momento, pero que a él le alcanzaba para ser feliz.

De pronto, cuando dobla en la esquina un policía no lo deja seguir, faltaba solo una cuadra para llegar a su morada pero la calle estaba cortada por unas vallas que le impedían el paso.
Una vez identificado, sin preguntarle y sin siquiera hablarle, el policía lo deja seguir. Ernesto corre porque ve que en la puerta de su casa hay más patrulleros y ambulancias. Comienza a desesperarse y corre más fuerte. A medida que va llegando el número de policías va en aumento. Ernesto intenta pasar y los empuja uno a uno. Sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas y su corazón comienza a latir fuertemente. La sangre derramada lo dice todo. Poco a poco la tarde va siendo gris pero de a poco todo comienza a oscurecer.
A tán solo quince minutos

Son apenas las ocho de la mañana. El sol recién está asomando tímidamente sus rayos.
Ellos comienzan a armar sus puestos en la vereda frente a los comercios, cuyos dueños, también extranjeros o inmigrantes, los miran con desprecio. La avenida Pueyrredón es el lugar elegido para realizar este mercado. A pesar de ser puestos ambulantes cada uno tiene su espacio definido.

Hay peruanos, bolivianos, paraguayos centroamericanos y africanos. Todos conviven en este espacio urbano que va desde la avenida Rivadavia hasta la avenida Corrientes. Todos habían venido a Argentina en busca de nuevos horizontes para encontrar un mejor pasar. No hay fábricas que ni puertos que los empleen como hicieron con nuestros abuelos. Habrían sido tentado por los gloriosos noventa, aquellos años donde el país prometía oportunidades o, al menos, un mejor pasar para estos inmigrantes que en sus países de origen mantenían una vida muy precaria y de muy bajo nivel. No vinieron tanto por las bondades del medio sino porque en este lugar no se les exige visa de entrada, tampoco antecedentes legales. No sufren de ningún tipo de cuestionario como ¿Viene por placer o negocios? ¿Por estudio? ¿Que viene hacer a América? Nada de eso, no hay filtros ni impedimento alguno. Venían aquí sin tener un oficio o estudios preliminares pero estaban dispuestos a todo. Vinieron para quedarse. Estaban ilusionados con que acá podrían crecer y vivir mejor pero cualquier cosa era mejor que en sus países. Venían sin nada que perder y mucho por ganar. De repente, el año 2001 los sorprendió con la crisis económica y quedaron atrapados en este lugar. Los que venían de África no sabían ni entendían nada del idioma, solo hablaban en inglés o francés. Habían agotado todos los ahorros y bienes que traían consigo. Todo parecía estar perdido hasta que se les presentó la oportunidad de armar un mercado entre esas dos avenidas principales. Estaban a pocos minutos del puerto y ya no tenían nada más que perder. “Soy Jorge Soto y vine a la Argentina para trabajar en la construcción”, cuenta este peruano de 28 años, soltero y ahora vendedor de llaveros y postres en la avenida Pueyrredón. Otro, con un castellano medio difícil de interpretar y que vende joyas imitación oro cerca de la estación de trenes da su testimonio, mediante algunos amigos peruanos que ofician de traductores dice: “Yo he venido desde Nigeria en un barco, sin saber a que lugar iría pero sabía que cualquiera sería mejor que de donde vengo”. Este hombre hace dos años que está en el país y apenas sabe comunicarse. Es muy querido por los demás vendedores así como todos sus “hermanos” africanos.

El mercado que estos inmigrantes han montado es muy criticado porque allí también hay otro mercado, el que se hace llamar legal, el de aquellos que tienen negocios y pagan impuestos. Todos los días hay fricciones entre estos dos bandos. “Parecen olvidar que ellos en algún momento, más bien sus antepasados buscaron resguardo acá tras la segunda guerra” decía un enojado, idealista y memorioso Oswaldo, un hombre de nacionalidad boliviana que apela a la historia dirigiéndose así hacia los armenios y judíos dueños de esos locales o cuyos nietos administran la herencia dejada por sus abuelos.

Estas peleas son constantes en este lugar y siempre terminan cuando llega la policía y reprime a los comerciantes de los puestos ambulantes.

En otro lugar de la zona, frente a la plaza Miserere, también sobre la calle Peuyrredón se encuentra un cartonero. Es muy conocido y respetado en ese pequeño reducto. Se llama Mirko, de nacionalidad rusa, tiene unos setenta y dos años, es hincha de Velez y vive en esa especie de galería que da a la mencionada avenida. Con sus cajas armó una especie de casa, tiene siempre la radio a todo volumen y los tangos, noticias, partidos de fútbol los domingos y demás programas se escuchan desde bastante lejos. No habla mucho, solo se lo ve ahí cuando es de día, con sus gafas negras y escuchando su radio, el bien más preciado que posee. Es muy pacífico, nunca se lo ve de mal humor, según nos cuentan los comerciantes que parecen conocerlo muy bien y de los que pudimos recopilar toda esta información. Al lado de la “vivienda” de Mirko hay un puesto de diario. Miguel es su dueño. El conoce bién a este cartonero ruso y dice al respecto: “Es una persona pacífica, casi no habla”. “Tomamos unos mates cuando llego a la mañana y luego se va a juntar cartón”. Se comenta además, que este abuelo ruso llegó a ese lugar luego de la crisis del 2001. Ese es su espacio y ningún policía parece animarse a desalojarlo. El hizo de ese espacio su casa. Es un personaje muy significativo de ese paisaje urbano porque parece pasar desapercibido entre la multitud y ese pasar constante de personas durante todo el día que muy apurados van hacia sus respectivos trabajos. Sin embargo, muchos sostienen que con su simpatía se fue ganando ese lugar como también ha legitimado su permanencia allí.

Ya entrando a la tarde y hasta la noche “ellas” ocupan la plaza Miserere. Mujeres de origen centroamericano, en su mayoría, comienzan desde la tarde a ofrecer placer por unos billetes. Durante el día tímidamente por las calles, pasando desapercibidas hacia los ojos de todos los traseúntes menos de los que ya las conocen y otros buenos observadores que saben del tema, ofrecen servicios sexuales pero no tan ligeras de ropas. A medida que va pasando la tarde y llega la noche, comienzan a mostrar sus atributos a toda la comunidad. Cuando es de día estas chicas se encuentran en bares de la zona o en la misma plaza pero solo atienden a clientes. Como ya los conocen, pactan el lugar de encuentro y se van hacia el hotel tomados de la mano como dos enamorados. Ya entrando y durante la noche ellas ofrecen su “servicio” a cuanto hombre pasa por la plaza o sus alrededores. Hugo, un cliente de las chicas y quién se ofrece a brindarnos todos estos detalles, nos cuenta acerca del servicio y dice: “Por solo 50 pesos, incluye el hotel y una hora completo”. Los clientes, son en su mayoría, obreros, albañiles y demás trabajadores de la construcción. Algunos, en este caso, como Hugo se llegan a enamorar de estas mujeres como lo está de Cándida, una morocha cubana de intensas curvas de quién sostiene y con un suspiro cuenta: “hacerlo sentir muy bien” y que siempre que se encuentran “le traigo flores”, orgulloso de su acto. Sin embargo en este lugar no encontramos solo chicas, también hay “travestis” que son hasta una competencia letal de las chicas pero “ellas” o “ellos”, como las chicas llaman a sus competidoras y marcan así las claras diferencias existentes entre ellas, son preferidas por taxistas. Gladis, quién con un caminar femenino pero con una voz bastante varonil, espera a sus clientes en la esquina de Peuyrredón y Mitre, aunque va cambiando de lugar todas las noches porque nos asegura ser increpada por las demás trabajadoras sexuales. De todas maneras, ella afirma que los maltratos de las demás chicas no pasan de agresiones verbales y por cuestiones de competitividad. Si establece que todas ellas sufren a esas horas de la noche, en donde el lugar no es tan transitado como de día, todo tipos de abusos por parte de la policía quienes les cobran una especie de “permiso”, que va desde el cobro de un canon hasta algunos “favores sexuales”, seguido de agresiones verbales y físicos. Nada es fácil para estas chicas en este lugar que parece haber un horario para todo tipo de mercado, con ofertas de todo tipo en determinado lugar y espacio. Es como si fuera un código de convivencia pero más allá de lo impuesto por la ley de la ciudad. Es como si fuera, en algunos casos, un pacto de no agresión y de tolerancia. Todos compiten pero a la vez se unen frente a los abusos. Como una metrópoli pero en solo unas cuadras a la redonda. En este radio que comprende entre la avenida Corrientes y Rivadavia se encuentran estos matices, de todo tipo y color a tan solo quince minutos…
Esta obra fue creada en el taller de Expersión I, Cátedra Vazquez de Lotito y ahora modificada y adaptada para exponerla en este blog. Espero les guste. Es una obra escrita luego de varias semanas de investigación. Muchos de los testimonios son reales y para preseverar la intimidad de los personajes entrevistados todos los nombres son ficticios. Es un artículo que tiene como fin la creación de una crónica.

He vuelto.

Gracias a mis conocimientos, pude recuperar mi blog. Este espacio de catarsis personal que me sirvió mucho y en el cual compartí hermosas es...